«Hechos reales»
Crónicas argentinas de no ficción
Capítulo 2: «Crimen»
Con el paso del tiempo me transformé en una persona peligrosa. Y aún hoy en día, no encuentro ninguna clase de impedimento moral que me separe en una prudente distancia de la idea de que mis enemigos son ciertos tipos de empresarios. Tal vez, bajo el sistema de leyes que rige la vida de la mayoría de las personas, el hecho de tomar lo que nos pertenece mediante el uso de la fuerza física sea considerado un delito grave. Pero esto no es así bajo el sistema de valores que rige mi propia vida.
Es decir, si los empresarios logran someterte y doblegarte, destruyendo tu individualidad y tu salud, a cambio de unas pocas monedas: eso se nombra con la palabra trabajo. Pero si en cambio, sos vos quien logra someterlos a ellos, ¿entonces se llama robo agravado o extorsión?
En términos de escritura, la romantización literaria del delito y de la cárcel me dan el mismo asco que la romantización mediática del lujo y de la abundancia material.
Pero yo no soy ni una cosa, ni la otra.
Yo arriesgo mi libertad para tomar lo que me pertenece.
Algunos meses atrás, entré a trabajar como obrero en una fábrica en el partido bonaerense de San Martin, a pocas cuadras de la vieja estación de José León Suárez, en el corazón de lo que algún día fue un cordón industrial pujante, pero hoy es solo un esqueleto de galpones cerrados y talleres fundidos.
Los dueños de la compañía eran un estadounidense de 50 años y una chilena, de 35, llamada Aurora. La chilena estaba físicamente muy deteriorada después de tanto tiempo disponiendo su vida al servicio de la productividad del gringo, pero aún así conservaba cierto brillo araucano, como si su sueño de ser poeta no hubiera terminado de derrumbarse por completo, pese a que -ahora- ella ya no era una escritora con anhelos propios, sino una esclava administrativa de la compañía.
La mayoría de los obreros contratados en esa fábrica, pasaban el día cortando y ensamblando, madera y acero; recibían el mísero pago de 2 dólares por hora, en un galpón sin ventanas ni agua potable, para entregar una producción en serie de obras de arte, desarrolladas con materia prima nacional.
Finalmente, esas obras de arte viajaban a Nueva York en barco o en avión, dónde los ricos pagaban miles de dólares por cada pieza que salía del conurbano, para exhibirlas en apartamentos y oficinas de Manhattan o Chelsea.
Aurora se me acercó un día, cuando yo estaba preparando el despliegue de camiones que viajaría al aeropuerto de Ezeiza con la carga; tomó una silla, la arrastró hasta que estuvo junto a mi, y se sentó allí, para explicarme algunos pormenores de la coordinación del traslado.
En el transcurso de la conversación, pude notar que, cuando era mi turno de hablar y señalar ciertos detalles en la computadora, su mirada se desviaba de la pantalla del monitor, y se dirigía con descaro hacia el pantalón de jean apretado entre mis piernas.
Luego, la chilena levantaba los ojos con suavidad, hasta que nos encontrábamos nuevamente en los rostros, y sonreía excitada.
Novela originalmente publicada en Substack
