
1.
Agarrarle las tiritas de la bombacha y tensar la tanga entre los labios de su concha hasta que se rompiera el encaje por la violencia de la fuerza.
La paraguaya trabajaba de puta y por eso la habían reclutado los jefes de una banda de policías exonerados, que la utilizaban como informante para luego extorsionar a empresarios y millonarios, dueños de constructoras o metalúrgicos.
Supe que la paraguaya venía para investigarme y delatarme cuando llegó esa mañana con intenciones de almorzar en mi loft de grandes ventanales, décimo piso, y vista hacia las vías del ferrocarril San Martín, junto a las tiendas comerciales de Palermo -Lacoste, Timberland o Starbucks- que fueron construidas sobre los antiguos galpones abandonados de la compañía estatal Trenes Argentinos.
Los vidrios del balcón estaban cerrados porque era invierno y se empañaron con el vapor del agua caliente de la ducha y también por el calor de las hornallas encendidas; la paraguaya cocinaba con un remerón largo, descalza, y daba pasitos moviendo su culo gordo como bailando al ritmo de la cumbia del parlante.
Tenía el pelo mojado, envuelto en una toalla. Cada tanto, ella apoyaba la cuchilla en la tabla de madera de la mesada, y por unos segundos dejaba de cortar los vegetales y la carne, para mirar por sobre su hombro derecho, girando sutilmente el rostro hacia mí.

